El rugido de Kaelion marcó el inicio. Sus guerreros, envueltos en llamas, cargaron como un mar incandescente, lanzando espadas y lanzas forjadas en fuego.
Azereth respondió con un gesto apenas perceptible: la niebla negra se expandió como un océano, de donde surgieron figuras sombrías con ojos rojos, multiplicándose entre las filas enemigas.
Los Guardianes elevaron su cántico con furia, y columnas de luz descendieron sobre el campo, buscando sellar cada paso, cada sombra, cada brasa.
El caos fu