El haz dorado que descendía de los Guardianes se quebró en mil pedazos cuando Ciel abrió los ojos. La luz que debía encerrarla se retorció y se convirtió en cristales flotantes, girando a su alrededor como si la reconocieran como su dueña.
Los tres ejércitos enmudecieron. El fuego de Kaelion se apagó de golpe, la niebla de Azereth retrocedió como si hubiese encontrado un muro invisible, y hasta los Guardianes dejaron de cantar, desconcertados.
Ciel avanzó un paso, sus pies descalzos tocando la