El suelo retumbó como si un corazón monstruoso latiera bajo la sala. Las antorchas se apagaron una a una, dejando la estancia sumida en una penumbra que parecía respirar.
Las grietas se abrieron en la piedra, exhalando un vapor oscuro que helaba los huesos. Y de ellas surgió una voz tan antigua y poderosa que hizo temblar hasta a los más fieros guerreros:
—Ciel… Eclipse… tú eres mi puerta.
El consejo entero retrocedió. Incluso Azereth, que nunca había mostrado miedo, frunció el ceño y apretó su