La grieta se abrió tanto que las columnas del consejo crujieron, y un polvo rojizo cayó del techo como si la propia luna carmesí sangrara sobre ellos. El torso de Artaxiel se retorcía para salir del vacío, su silueta hecha de humo y fuego negro.
Ciel gritó al sentir que su pecho ardía, como si aquel monstruo tirara de su alma con garras invisibles. Sus rodillas temblaban, pero Ian la sostuvo, clavando la mirada en ella.
—No estás sola. Si él quiere tu vida, tendrá que arrancar la mía también.
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