El amanecer apenas rozaba el horizonte, pero en la casa donde Leonardo había mantenido a salvo a su familia, la atmósfera era densa, casi irrespirable. El silencio solo se rompía por el crujir de la madera y el murmullo de plegarias que Ciel había escuchado toda su infancia, ahora tan lejanas.
El cuerpo de Leonardo no estaba allí. Los Guardianes habían llevado sus restos para enterrarlos con los caídos, como símbolo de sacrificio. Ciel aún no lo había aceptado: la imagen de su padre, erguido co