El resplandor del sello aún iluminaba el campo, pero el cuerpo de Leonardo estaba arrodillado, sostenido apenas por su espada quebrada. La piel le ardía en grietas luminosas, como si su propia sangre fuera fuego que intentaba escapar.
Ciel corrió hacia él, sus pasos torpes, las lágrimas cegándole la vista.
—Ian, ¡déjame ir! ¡Es mi padre!
Ian la soltó, sabiendo que no podría detenerla esta vez. Jordan gruñó, cortando de un tajo a dos soldados que aún intentaban acercarse, mientras su mirada celo