El suelo tembló bajo los pasos del Guardián. Cada movimiento hacía crujir los árboles como ramas secas, y las cadenas arrastraban un sonido metálico que erizaba la piel.
Ian se interpuso de inmediato, la espada en alto, pero Leonardo levantó la voz con desesperación:
—¡No! Ese monstruo no es un soldado. Está hecho para aniquilar clanes enteros. ¡Ni siquiera tú, Ian, puedes enfrentarlo solo!
El Guardián rugió, y en sus ojos vacíos brilló el mismo resplandor carmesí de la luna. Alzó la maza y la descargó contra ellos con una fuerza devastadora. Ian logró bloquear el golpe, pero el impacto lo lanzó varios metros hacia atrás, destrozando el suelo bajo sus pies.
—¡Ian! —gritó Ciel, corriendo hacia él.
Él se incorporó de inmediato, escupiendo sangre, con los ojos encendidos de furia.
—No voy a caer ante un monstruo de segunda.
Jordan, mientras tanto, esquivaba con elegancia las cadenas que se agitaban como serpientes, cortando la carne de los fanáticos que se interponían. Sonrió al ver a Ci