El suelo tembló bajo los pasos del Guardián. Cada movimiento hacía crujir los árboles como ramas secas, y las cadenas arrastraban un sonido metálico que erizaba la piel.
Ian se interpuso de inmediato, la espada en alto, pero Leonardo levantó la voz con desesperación:
—¡No! Ese monstruo no es un soldado. Está hecho para aniquilar clanes enteros. ¡Ni siquiera tú, Ian, puedes enfrentarlo solo!
El Guardián rugió, y en sus ojos vacíos brilló el mismo resplandor carmesí de la luna. Alzó la maza y la