En las ruinas de una fortaleza ancestral, en lo más profundo de las montañas, los líderes de los tres clanes se reunieron en secreto.
El eco del desastre en la caverna aún recorría el mundo como un trueno: “El Eclipse ha despertado.”
El salón estaba iluminado por antorchas azules que proyectaban sombras monstruosas en las paredes. Sobre la mesa de piedra central, símbolos antiguos brillaban débilmente, sellando la reunión con juramentos de sangre: lo que se discutiera allí no saldría de ese círculo.
Azereth fue el primero en hablar, su voz reptando como veneno.
—Todos lo vimos. Esa niña ya no es una portadora. No es un símbolo. Es el Eclipse encarnado. Si no la controlamos ahora, nos arrasará a todos.
Kaelion, del clan del norte, golpeó la mesa con su puño, sus ojos como glaciares.
—¿Controlarla? ¡No hay control para algo así! La vimos reducir a cenizas a cincuenta de mis hombres sin pestañear. ¡Debe morir antes de que el poder madure por completo!
El silencio se extendió un instante,