El cuerpo de Ciel flotaba, suspendido entre las manos de Ian como si una fuerza invisible la elevara. Sus cabellos se agitaban con un viento que no existía y sus labios se movieron, aunque no era su voz la que salió de ellos.
Era la voz de Artaxiel, grave, distorsionada, como si hablara desde dentro de un abismo:
—Por fin… el Eclipse abre los ojos.
Las sombras que rodeaban a la muchacha se extendieron como tentáculos hacia los muros derruidos, envolviendo todo el lugar en un manto oscuro.
Ian l