El poder de Ciel todavía chisporroteaba en el aire, como brasas suspendidas que iluminaban las ruinas de la casa. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y por un instante temió desmoronarse. Pero antes de que sus piernas cedieran, Ian corrió hacia ella.
La tomó entre sus brazos, con firmeza y ternura, como si no importara que el mundo ardiera alrededor.
—Te lo dije… —susurró él, con la voz entrecortada—. No eres su sombra. No eres de nadie.
Ciel lo miró, con lágrimas que ardían como fuego frío en