Esa noche, cuando al fin lograron refugiarse en un rincón apartado de las ruinas que los rodeaban, el silencio se volvió cómplice. El frío calaba en la piel, pero Ian se había quitado el abrigo para cubrir a Ciel, asegurándose de que nada la hiciera temblar.
Ella lo miraba con los ojos aún cargados de preguntas, de miedos y de un sentimiento que le quemaba en el pecho. Ian, en cambio, parecía no apartar la vista de ella, como si temiera que desapareciera si dejaba de observarla.
—No voy a dejar