Los pasos que retumbaban en el exterior no eran de un grupo pequeño. Eran docenas. Tal vez más de un centenar. La casa de campo, humilde y fuerte a la vez, crujía con cada golpe de las botas que cercaban el lugar. El aire estaba cargado de humo, hierro y una presión oscura que erizaba la piel de todos.
Leonardo, apoyándose en la pared mientras la sangre le corría por el brazo herido, clavó sus ojos en Ian y Jordan.
—No resistiremos un asedio aquí dentro. No con ella en este estado.
—¿Y a dónde