El ascensor descendió lentamente, pero la furia de Alexandre iba más rápido que cualquier máquina.
Sus manos estaban cerradas en puños, los nudillos blancos.
Cada paso resonaba como un aviso.
Cuando las puertas se abrieron, el ambiente en recepción estaba cargado.
Dos guardias tenían a Esteban retenido.
El hombre forcejeaba, sudoroso, con la camisa medio abierta y los ojos inyectados de rabia.
—¡Suéltenme! ¡Ella es mía! —gritó— ¡Tiene que bajar YA!
La voz del sujeto retumbó en el lobby…