La noche cayó con un peso más denso que de costumbre. En Vorlak, las antorchas ardían con llama contenida, como si incluso el fuego supiera que soplar demasiado fuerte podría avivar algo peligroso. Ciel no pudo dormir: sus pensamientos eran una secuencia de rostros, de mapas, de palabras sembradas por Asta. Había pedido vigilancia, había pedido cautela, y sin embargo la intranquilidad se le pegaba a la piel como una humedad que no se secaba.
En el comedor, pocos hablaban en voz alta. Los portad