La mañana se levantó con una calma engañosa. Desde las torres más altas de Vorlak, los vigías no veían movimiento sospechoso en los valles ni en las montañas, pero el aire estaba demasiado quieto, como si el mundo contuviera la respiración antes de gritar.
Ciel se levantó con los ojos cansados, aunque apenas había dormido. Las palabras de Asta seguían resonando en su cabeza como ecos en un pasillo interminable: traición, duda, renacer. Había querido desecharlas, pero en su corazón sabía que lo