―Cariño, silencia, ese bendito teléfono, por favor, está interrumpiendo mi sueño.
Me remuevo entre las sábanas y coloco la almohada sobre mi cabeza para no oír el incesante sonido de las notificaciones que llegan a mi móvil, ni la molesta voz de Georgina. La ignoro y sigo durmiendo.
A los pocos segundos vuelve a sonar.
―¿Puedes hacer algo con eso, samuel?
Bufo molesto. Salgo de la cama desnudo en pelotas, tomo el teléfono y abandono la habitación. ¿Quién carajos se atreve a enviar mensajes a