Valeria miró el video en vivo con horror. Diego estaba de rodillas sobre el pavimento del Malecón, las manos atadas a la espalda y la boca sangrando. Rafael sostenía el teléfono con una mano y el arma con la otra, sonriendo directamente a la cámara.
— Veinte minutos, Valeria — repitió Rafael con voz calmada—. Si no vienes sola, tu esposo muere delante de tus ojos. Y después iré por tus hijos.
El corazón de Valeria latía tan fuerte que parecía que iba a romperse. Miró a los tres niños dormidos e