Después de recibir la desagradable noticia sobre la inevitable pérdida de su mansión, Greta salió de la oficina de Luis Fernando atormentada. La presión de la situación la había dejado exhausta, y al cruzar la puerta, sintió que el aire se le escapaba. Pablo, al verla en ese estado, enseguida se fue tras ella.
—Greta, espera, ¿a dónde vas? —preguntó, tratando de alcanzar su paso.
—Déjame, Pablo, no estoy de humor para tus estupideces. Quiero estar sola —respondió, sin detenerse.
—Pero es