La tensión en la sala era tensa. Grecia se veía molesta, con el rostro enrojecido por la ira y el odio reflejado en su mirada. Su corazón latía con fuerza, y al ver a Miranda frente a ella, sintió que la rabia comenzaba a fermentarse en su interior. Había algo en la presencia de Miranda que la incomodaba profundamente, una mezcla de desafío y desfachatez que la hacía hervir por dentro como un volcán.
—¿Se puede saber qué haces aquí en mi casa, Miranda? —preguntó Grecia, con su voz temblorosa,