Se culpó a sí mismo por no haberla reconocido desde el primer encuentro, recordando lo petrificado que había quedado la primera vez que, por accidente, rozó su espalda. Si no hubiera estado tan nervioso, la habría identificado de inmediato.
—Señorita Star —dijo con una sonrisa cargada de significado—, no sabía que era usted la doctora Dónovan. ¡Qué coincidencia!
¿Señorita Star?
Isabella contuvo el aliento. ¡Me reconoció! No estaba adivinando… realmente lo sabe.
El impulso de salir corriendo la invadió, pero permaneció en su lugar, aunque perpleja: en tres años, nadie había descubierto su identidad bajo el disfraz.
Lo miró con frialdad, como acusándolo:
—¿Cómo me reconociste?
Alexander podía imaginar el gesto bajo la máscara. Debe estar preciosa hasta enojada… Mi dulce Bella, ¿cómo puedes ser tan adorable?
Él rió suavemente.
—Fue fácil. Te reconocí por tus ojos, en un solo vistazo.
La respuesta fue un golpe directo. Isabella había esperado una explicación sofisticada, pero la