Corrió escaleras arriba hasta su habitación y lo encontró acostado en la cama, con una sonrisa serena en el rostro, luciendo satisfecho.
Una expresión tan gentil solo alimentó su malentendido. No era su culpa: cualquiera habría interpretado mal la escena.
—Alexander, ¿quién es esa niña? ¿Qué le hiciste?
Alexander frunció el ceño, sorprendido.
—¿Mamá? ¿No estabas de viaje con papá? ¿Por qué estás aquí?
—Gracias a Dios que estoy en casa. ¿De qué otra manera me enteraría de tus malas acc