La clase entera quedó impactada. Nadie esperaba que Isabella hablara francés con tanta soltura. Su pronunciación y entonación eran impecables, mucho mejores que las de cualquiera de ellos.
“¡Ese es el poder del lenguaje!”, pensaron, asombrados.
La profesora de francés empezó a aplaudir con admiración. Incluso ella habría creído que Isabella se había criado en Francia.
Pronto, toda la clase la siguió, aplaudiéndola con entusiasmo. Sus compañeros la miraban con un respeto renovado.
“¡Es excelente! ¡La señorita Yvette nos ha conseguido un verdadero genio!”, murmuraban.
Un chico se inclinó hacia Dickson con una sonrisa burlona:
—Vamos, Dickson, ¿no ibas a continuar? Te preparaste para esto, ¿verdad? ¿Por qué te quedaste callado ahora?
—Esa fue una discusión bastante corta —dijo alguien más.
Todos se reían de Dickson. Incluso la maestra lo miró con desaprobación. Incapaz de soportarlo, Dickson salió corriendo del aula.
La profesora de francés elogió a Isabella y reprendió a Dicks