—¿No sabes quién soy? —susurró, inclinándose hasta apoyar la frente contra la de ella, mostrando un lado frágil, casi vulnerable.
Isabella se estremeció. ¿Era posible que el Todopoderoso hubiera regresado para arreglar lo que quedó inconcluso tras su partida?
Pero el sistema había sido claro: ella solo era una herramienta, y el Todopoderoso no la recordaría después de la experiencia, mucho menos sentiría nostalgia. ¿Qué estaba pasando ahora?
El pánico se apoderó de ella. En la superficie, parecía una conejita asustada. Puso las manos en el pecho de Alexander e intentó apartarlo con nerviosismo:
—No te conozco. Suéltame, o gritaré pidiendo ayuda.
El dolor atravesó el corazón de Alexander. En los ojos de Isabella solo vio miedo y pánico, ni rastro de aquel amor que alguna vez conoció.
El amor se delata en la mirada, porque es la única emoción imposible de esconder.
Pero en los ojos de Isabella no había amor. Solo veía el reflejo de sí mismo… vacío.
Alexander arqueó la espalda, b