capítulo 292

Isabella le apartó la mano con firmeza, sujetándosela con ambas manos antes de que Alexander pudiera decir una palabra. Con una expresión sombría, murmuró:

—Voy a descansar un poco. Tú también deberías hacerlo.

Nadie notó el leve temblor de sus dedos ni el profundo ceño que frunció al ver las manos ensangrentadas de Alexander aferradas a las suyas.

Solo cuando se separó de él, sintió que podía respirar con más facilidad.

Alexander, consciente de su disgusto, se hundió en la cama abatido, co
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