Isabella le apartó la mano con firmeza, sujetándosela con ambas manos antes de que Alexander pudiera decir una palabra. Con una expresión sombría, murmuró:
—Voy a descansar un poco. Tú también deberías hacerlo.
Nadie notó el leve temblor de sus dedos ni el profundo ceño que frunció al ver las manos ensangrentadas de Alexander aferradas a las suyas.
Solo cuando se separó de él, sintió que podía respirar con más facilidad.
Alexander, consciente de su disgusto, se hundió en la cama abatido, co