Linn no entendió a qué se refería, pero un escalofrío recorrió su espalda. Tenía el presentimiento de que alguien —probablemente Sabrina— iba a pasarlo muy mal.
Sin embargo, para su sorpresa, Isabella se sentó tranquilamente en el suelo, con la pistola en la mano, y se recargó contra un árbol.
Y luego... cerró los ojos para dormir.
Linn la miró sin poder creerlo.
“¿Hola? ¿Disculpa? —pensó desesperada— Amenazaste con darle una lección a Sabrina… ¿y ahora decides dormirte aquí mismo?”
Después de un largo silencio, Linn no pudo contenerse más.
—¿No vamos a ir? —preguntó con cautela.
Isabella abrió un ojo y respondió con calma:
—Tenemos veinte balas… y cincuenta y siete contrincantes, sin contar las emboscadas. En total, al menos sesenta o setenta enemigos. No podemos matarlos a todos.
Se tomó su tiempo para analizar la situación y añadió:
—Cuando los pastores se pelean, el lobo aprovecha el juego. ¿Has oído ese dicho?
Linn lo comprendió enseguida y levantó el pulgar con ad