Isabella intentó empujarlo, pero su fuerza era débil. Su leve resistencia solo lo incitó más.
Alexander la sujetó por la cintura, impidiéndole moverse, y durante unos segundos —o tal vez minutos— el mundo pareció detenerse.
El aire se volvió denso, cargado de una cercanía que casi ardía.
Isabella, exhausta, terminó recostándose contra él, apoyando la cabeza en su hombro.
No sabía cuánto tiempo pasó así —un minuto, una hora o una eternidad— hasta que un golpecito en la ventana rompió el momento.
—Bestia… digo, Alexander —la voz incómoda de Jason llegó desde afuera—. Espera hasta que lleguemos a casa, ¿quieres? Está por oscurecer.
El rostro de Isabella se encendió de inmediato.
Se apartó bruscamente, no por timidez, sino por pura vergüenza.
Miró a Alexander con una mezcla de furia y humillación, como si dijera:
“¡Fue tu culpa!”
Él, sin embargo, solo la miró con ternura.
Sus labios aún estaban teñidos de un leve rubor, y la mirada cálida en sus ojos era casi peligro