Isabella intentó empujarlo, pero su fuerza era débil. Su leve resistencia solo lo incitó más.
Alexander la sujetó por la cintura, impidiéndole moverse, y durante unos segundos —o tal vez minutos— el mundo pareció detenerse.
El aire se volvió denso, cargado de una cercanía que casi ardía.
Isabella, exhausta, terminó recostándose contra él, apoyando la cabeza en su hombro.
No sabía cuánto tiempo pasó así —un minuto, una hora o una eternidad— hasta que un golpecito en la ventana rompió el