Cuando el silencio regresó, Tobin estaba tan avergonzado que solo quería desaparecer.
Empapado en sudor, apenas podía mantenerse en pie. La humillación lo consumía: el “médico” que había traído era un impostor, mientras que la joven del campo conocía a la verdadera doctora Dónovan.
Todos lo miraban con desprecio. Ni siquiera se atrevía a levantar la cabeza; solo quería huir, pero las piernas le temblaban.
Mandy lo observó con una fría indiferencia.
—Doctor Asmilh, siempre lo hemos tratado bien —dijo con voz cortante—. Hablaremos cuando Jim haya superado la crisis.
Después de eso, ignoró la expresión mortificada de Tobin e invitó a Isabella a entrar en la habitación.
Isabella revisó el estado de Jim y comprobó que su condición era crítica. A veces abría los ojos, pero su mirada estaba perdida, sin conciencia.
Tras examinarlo, sacó un pequeño frasco de su mochila y vertió dos píldoras en su mano. Se las dio a Jim con cuidado.
Desde la puerta, Tobin gritó alarmado:
—¡Se