Antes de que el investigador terminara de leer en voz alta, el impostor ya se había puesto las manos a la espalda, arrogante.
—Voy a ser comprensivo con ella. Ha mentido, pero solo necesito que se disculpe sinceramente —dijo con desdén.
Mientras hablaba, la expresión de todos cambió.
Tobin fue el más sorprendido. Su rostro palideció al escuchar al investigador: aquellas palabras le revolvían los nervios como pequeños gusanos. Sintió las extremidades frías y la presión arterial subir; la rabia y el asombro se apoderaron de él.
Tobin pensó: ¡Es un impostor!
¡Con todos mis esfuerzos, traje a un impostor!
Adriana estaba tan asombrada como Tobin; tenían rasgos faciales similares, y en su expresión compartida se notaba la misma incredulidad.
Tomás e Isabella permanecieron relativamente tranquilos porque ya conocían el resultado de antemano; no se sorprendieron.
Los demás, en cambio, se quedaron boquiabiertos: ¡resultó que Isabella decía la verdad!
Aunque hasta entonces habían guard