Luego giró la vista hacia Tobin:
—Y tú, dices que es mujer ¿tienes alguna evidencia? Tú lo trajiste. ¿No es tu obligación confirmar su identidad?
El hombre de azul marino frunció el ceño, visiblemente molesto.
—¡Ya que no me creen, tal vez debería irme! —dijo con fingida indignación.
Pero Tobin lo detuvo rápidamente, tomándolo del brazo y disculpándose con tono servil:
—Por favor, no se ofenda, doctor. Es solo una niña ignorante. Habla tonterías porque no entiende el campo de la medicina. No lo dice en serio.
El impostor aprovechó el momento y siguió el juego:
—¡Humph! Soy legítimo. ¡Pero si siguen con este drama, me iré de verdad!
Isabella los observó con paciencia, divertida ante la escena.
El intercambio entre ambos reforzó su sospecha: Tobin conocía la verdadera identidad del hombre, o al menos, estaba encubriéndolo.
Entonces, con calma, sacó un papel arrugado del bolsillo. Lo desdobló y comenzó a leer con voz clara:
—Derek Morison, 43 años, nacido en Ansville. Ha estud