Tomás se adelantó y la presentó con orgullo:
—Esta es mi hija, Isabella.
Las reacciones fueron variadas.
Algunos se mantuvieron impasibles, otros mostraron desdén, y unos pocos dejaron entrever arrogancia.
Cynthia, desde un rincón, pareció sorprendida, pero permaneció en silencio. No era el momento de hablar.
Uno de los presentes, con gesto severo, preguntó:
—¿Tomás, es esta la niña que trajiste del campo? ¿En qué estabas pensando? Tienes una hija de diecinueve años criada como una dama. ¿Por qué traerías a otra muchacha del campo?
Otra mujer intervino con desdén:
—Regresé al campo la última vez. Unos niños mugrientos detuvieron mi coche y me pidieron dinero. ¡Fue un chantaje! ¡Qué fastidio! ¡Odio el campo! ¡Y a esos niños sin modales!
La mujer lanzó a Isabella una mirada cargada de significado, como si la incluyera entre esos “niños sin modales”.
Alguien más añadió con sarcasmo:
—No seas tan dura. Aunque venga del campo, no parece una campesina. ¡Mírala, está mu