Tomás se adelantó y la presentó con orgullo:
—Esta es mi hija, Isabella.
Las reacciones fueron variadas.
Algunos se mantuvieron impasibles, otros mostraron desdén, y unos pocos dejaron entrever arrogancia.
Cynthia, desde un rincón, pareció sorprendida, pero permaneció en silencio. No era el momento de hablar.
Uno de los presentes, con gesto severo, preguntó:
—¿Tomás, es esta la niña que trajiste del campo? ¿En qué estabas pensando? Tienes una hija de diecinueve años criada como una