A Chelsea le dolió el corazón al verlo tratar con tanta indiferencia una medicina tan cara.
—¡Oye! ¿Sabes que si lo rompieras por accidente estarías desperdiciando decenas de miles de dólares? ¡Con eso podrías comprarte varias motocicletas!
De inmediato, arrebató el frasco y lo sostuvo con ambas manos como si fuera un bebé, con miedo a que se rompiera.
Isabella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus ojos, puros y claros, mostraban impotencia.
—Chelsea, puedo darte tantos como quieras —dijo con suavidad.
Su rostro tierno, de piel clara y ojos hermosos, la hacía ver tan guapa como una muñeca.
En otro momento, Chelsea la habría besado. Pero ahora que sabía que Isabella era la legendaria Doctora Dónovan, solo podía venerarla con respeto y admiración.
¿Cómo iba a besar así como así a alguien tan importante?
No, no tenía derecho a hacerlo.
El sufrimiento de contenerse la estaba matando.
James, confundido, pensó que Chelsea estaba exagerando.
—Es solo u