El aire de la sala era denso, cargado con el murmullo de voces elegantes, risas contenidas y el tintineo de copas de cristal que se alzaban en brindis discretos. Las luces del salón, cálidas y doradas, iluminaban la opulencia del lugar, reflejándose en las prendas y joyas de los asistentes, como si cada persona se esforzara por brillar más que la otra. Pero, para Massimo Agosti, el mundo había dejado de girar en cuanto la vio.
Blair. El nombre que había repetido en su mente durante dos años com