Dos días pasaron como sombras veloces, mismos en los que se mantuvo escondida de Massimo, quien no dejaba de llamarle, buscarla, e incluso buscarla. Blair intentaba mantener la compostura, fingir ante el mundo una entereza que se resquebrajaba en cada segundo de soledad. La vergüenza la carcomía desde dentro.
Sabía lo que Massimo debía pensar de ella, la imagen que se había formado en su mente: una cazafortunas que había cedido al juego de poder y conveniencia que envolvía a la familia Agosti.