El salón de la casa Agosti se encontraba envuelto en una atmósfera opresiva, densa y pesada, como si las paredes absorbieran cada susurro de furia y cada mirada cargada de reproche. Ricardo Agosti, imponente y firme en su postura, se mantenía de pie frente a sus dos hijos, los músculos de su mandíbula tensándose mientras contenía el torrente de palabras que se agolpaban en su garganta. Su cabello, salpicado de un color rubio, relucía bajo la luz dorada de la lámpara de araña, y sus ojos, normal