Eddie se ajustó el nudo de la corbata por tercera vez en los últimos cinco minutos, un gesto que delataba su creciente incomodidad. Sentado en la primera fila de bancos de la imponente iglesia, cada segundo que marcaba su reloj de mano se le clavaba como un alfiler en la piel. Los vitrales teñían el mármol del suelo con un caleidoscopio de colores, pero la belleza del lugar se desdibujaba ante sus ojos, opacada por la tensión y la expectativa.
Los murmullos de los reporteros comenzaban a alzars