Andrea camina con la elegancia de una diosa, saluda a las personas con meticuloso cuidado y cuando está a unos metros de Ian, se detiene para una entrevista.
—Señorita Martínez, ¿no debía llegar con su esposo? ¿Están separados? Porque lo vimos llegar hace unos minutos con la famosa abogada Marianela Villavicencio.
—Bueno, yo he llegado sola y él con su abogada, la misma que está tratando el divorcio… no sé qué tan ético será que una abogada lleve el divorcio de su nueva conquista.
La mirada desafiante de Andrea se va directo a Ian. Él, en cambio, mantiene su mirada entornada, una leve sonrisa y las manos en su pantalón solo para ocultar de alguna manera lo que ahí ocurre.
«Si no te hago un hijo esta noche y no te dejo en cama por tres días, dejo de llamarme Ian Castello, querido esposa», piensa con sus ojos oscuros, mezcla de celos, diversión y deseo.
Andrea llega a la entrada, uno de los chicos de servicio se acerca con una copa de champaña, pero ella la rechaza y le dice que luego.