La luz de la mañana se filtraba por los altos ventanales de la mansión Viasov, pero no traía calor. El aire dentro del despacho era denso, saturado con el aroma de la madera vieja y el olor metálico de la adrenalina contenida. Dominic Viasov estaba sentado frente a su escritorio, flanqueado por sus hijos, mientras Elise se aferraba a su brazo, con la mirada perdida en el vacío.
Cuando Moisés entró, el sonido de sus pasos sobre el parqué sonó como un disparo. Giovanni no esperó; se lanzó contr