La casa olía a madera pulida y a las flores frescas que la señora Briggs, nuestra ama de llaves, había colocado en el recibidor. Normalmente, esa mezcla me recibía como un abrazo, pero esa noche me pareció fría, como si la casa también hubiera cambiado en nuestra ausencia.
Alejandro dejó las maletas en el pasillo y se quedó unos segundos observando el salón, como si estuviera memorizando cada detalle. Era raro. Siempre decía que lo primero que quería hacer al llegar de un viaje era tirarse en e