Capítulo 3

Capítulo 3

Sofía

El teléfono seguía sonando. Pensé que era él, pero se trataba de Lucía.


—Dime…


—Sofi, por fin. Estaba preocupada. Pensé que él… que te podría haber hecho algo malo. Mi amiga Lucrecia lo vio todo y me contó lo de su hijo. Estuve a punto de llamar a tus padres.


—Tranquila, estoy bien…


—¿Estás con él? Dime que no, por favor.


—Estoy en un hotel. Lo nuestro se acabó, Luci. De forma definitiva…


Comencé a llorar con fuerza.


—Lo siento, amiga —se hizo una pausa—. En realidad no lo siento. ¿Sabes por qué? Porque siempre he pensado que te mereces algo mejor. 


—Gracias… gracias por abrirme los ojos.


—Descuida. Siempre será un placer ayudar a mi mejor amiga… por cierto, ya sé cómo te ayudaré mucho más.


—¿Dejándome tranquila? —pregunté sabiendo que aquella no era la respuesta. No era su estilo.


—¿Te acuerdas de aquella excursión al resort que planeamos desde hace un mes? La que conociste en hacer senderismo y acampar. Podemos ir juntas. Será como cuando ambas estábamos solteras.


—No sé, amiga. Creo que no estoy de ánimos para eso…


—Sofía, escúchame. No puedes permitir que ese imbécil arruine tu vida. Lo digo en serio. La mejor forma de vengarte será pasando página lo antes posible.


Cerré los ojos con fuerza unos segundos y tras meditarlo un poco llegué a una conclusión que cambiaría mi vida para siempre.


—¿Sabes qué? —me limpié las lágrimas—. Tienes razón. No pienso quedarme sola en este hotel de mala muerte. Él no merece mis lágrimas. Iré contigo, nos reiremos, fingiremos que nada sucedió y lo pasaremos de maravilla. Será como antes.

La vida se encargaría de demostrarme que estaba equivocada. Nada sería como antes.

Pasaron tres días en los que no supe nada de Armando. En todo ese tiempo permanecí con el teléfono apagado. La única que tenía el número del teléfono del hotel en el que me encontraba era Lucía y sabía que no se lo iba a dar a nadie. Aproveché todo ese tiempo a solas para dedicarme a pensar, a salir de compras y tratar de poner mi vida en orden. Incluso pedí permiso en mi trabajo para poder ir al resort. Ser una de las mejores restauradoras de obras de arte del museo nacional tiene sus ventajas y que me dieran permiso de tomarme unos días era una de ellas.

Pasadas las cinco de la tarde llegué al resort. Quedé en encontrarme con Lucia en recepción pero había transcurrido mucho tiempo y no acababa de llegar. Llamarla no era una opción, prefería no encender mi teléfono. Cansada de esperar, decidí dar un paseo por las instalaciones. Aquel lugar era realmente hermoso. Se encontraba completamente alejado de la ciudad y el aire puro te llenaba de vida. Las instalaciones estaban rodeadas por un espeso bosque cuya vegetación aportaba un tono verde realmente fascinante. 

Iba bordeando una pequeña pradera cuando escuché una voz que me paralizó.

—Sabía que me ibas a buscar, pero no imaginé que fuera tan pronto.

Era Armando. Iba vestido de traje y corbata. Fue al verlo que recordé que semanas atrás me había comentado que iba a ir a un resort por cuestiones de trabajo. 

—No sé de qué me hablas. No estoy aquí por ti. 

Me alejé unos pasos pero se interpuso en mi camino.

—Sofía, por favor. No te hagas la desinteresada. ¿Ya te diste cuenta de que no puedes vivir sin los lujos que te daba? Es entendible, de la miseria que te pagan en ese museo mugriento, nadie puede vivir. 

—Prefiero mil veces esa miseria que trabajar engañado a la gente.

Armando sonrió negando con la cabeza.

—Resulta que antes no te quedabas de mi trabajo. Venga, di la verdad. Seguro viniste con la esperanza de verme y fingir que era un encuentro casual. Si quieres puedo fingir que te creo. 

—Armando, por favor. No quiero nada contigo. Sigue con tu vida que yo seguiré con la mía.

—Me maravilla ver que dices que no quieres nada conmigo cuando traes esos pendientes que te di. Los de esmeraldas… 

Me dieron ganas de quitarme un zapato y lanzárselo a la cara, pero me contuve. Lo que sí hice fue quitarme los pendientes y lanzárselos a la cara. 

—Toma. Para que veas que hablo en serio. Te enviaré todo lo que me diste…

—¿Qué hay del amor? Ese no me lo podrás devolver.

Me eché a reír. No lo pude evitar.

—¿En serio me vas a hablar de amor después de todo lo que me has hecho?

Se empezó a acercar a mí peligrosamente.

—Hablo en serio. Yo te amaba, Sofía. Aún te amo. Podemos estar juntos si quieres. Podemos adoptar un niño o… o criar a mi hijo…

—¿Te estás escuchando? —grité—. Estás enfermo. ¿Qué te pasa? Nunca haría algo así.

Me tomó por los brazos.

—Ven aquí. Te voy a demostrar que hablo en serio.

Intenté soltarme de su agarre pero no pude. Era demasiado fuerte.

—Suéltame o empezaré a gritar.

—No seas estúpida, este lugar pronto será mío. ¿A quién crees que le van a creer?

En ese momento me empecé a asustar de verdad. Aquel hombre que tenía delante era un completo desconocido para mí. No sabía de lo que era capaz y realmente no quería descubrirlo. 

—¡Que me sueltes te dije! —lo empujé con fuerza y cayó al suelo tras soltarme. Aproveché ese momento para correr. Para mi mala fortuna él se incorporó y empezó a sentirme por el bosque mientras me lanzaba insultos. 

Con el corazón en la boca, esquivé unos cuantos matorrales hasta que lo dejé de escuchar. Supuse que se había perdido. Y en verdad, tras media hora caminando, me di cuenta de que existía una posibilidad de que estuviera perdida. Los últimos rayos de sol abandonaban el cielo y cada vez era más difícil ver con claridad. Desesperada encendí mi celular pero no tenía cobertura. 

Una hora después me di cuenta de que lo que tanto temía había sucedido. Era de noche, me encontraba en un bosque y estaba completamente perdida. Me quería morir, pero antes quería arrastrar conmigo al idiota de mi exmarido. No podía creer que había estado casa con alguien como él. Fui una estúpida al pensar que alguien así se merecía mis lágrimas. 

Los últimos rayos de sol apenas dejaban ver la claridad leve del día y mi teléfono seguía sin dar señales de vida. Por si fuera poco unas nubes negras empezaron a apoderarse del cielo dejando claro que estaba a punto de formarse una tormenta. Solo me faltaba que empezara a llover.

Angustiada, cansada y a punto de empezar a llorar del miedo, continué caminando con la esperanza de encontrar el camino de vuelta. Imaginé lo que estaría pensando Lucía al ver que no aparecía en el resort. Si tenía suerte alguien vería mi pequeño equipaje y me buscaría. 

Lamenté en ese momento no haber ido más seguido a aquellos campamentos de verano a los que siempre me quiso enviar mi padre cuando era niña, en los que enseñaban supervivencia en casos como esos. 

Como si el clima estuviera en mi contra comenzó a llover y por ende yo comencé a correr. No sabía a dónde, pero buscaba algún refugio o el frío de la noche me iba a provocar un resfriado y eso era lo menos que quería.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP