Capítulo 4

Capítulo 4 

Sofía

Estuve a punto de rendirme. De tirarme al suelo y llorar por mi mala suerte. Llorar por lo ocurrido, por el engaño que había sufrido y por estar perdida. Pero una luz leve captó mi atención y mis esperanzas se aferraron a ella. Corrí hacia aquel punto blanco como si mi vida dependiera de ello. 


Sin aliento casi, llegué al lugar. Era una cabaña. En otro contexto me habría parecido raro y peligroso encontrar una cabaña en medio del bosque, pero con lo desesperada que estaba, preferí arriesgarme y tocar la puerta. 


—¿Hay alguien aquí? —nadie respondió, pero aquel lugar no parecía abandonado. Todo lo contrario. Supuse que los dueños no estarían muy lejos. La chimenea estaba encendida y el calor que emanaba me invitaba a pasar.


El piso era por completo de madera rústica igual que las ventanas, puertas y techo. Me pregunté quién era el loco que vivía en un sitio tan remoto.


—Hola —repetí—. Necesito ayuda. ¿Puedo pasar la noche aquí? ¿O al menos la tormenta?


No hubo respuesta así que decidí intentar abrir. El frío estaba paralizado mi cuerpo. Para mi buena suerte, la puerta estaba abierta. Supuse que tan lejos de la civilización, la aparición de ladrones estaría descartada.


Al entrar el calor del lugar me envolvió y experimenté una sensación de calidez que me llegó al alma. Con lentitud recorrí la pequeña sala, la cocina que tenía algunos alimentos cocinados y la única habitación cuya cama estaba perfectamente tendida. Me detuve un momento en ese pequeño detalle y me di cuenta de que todo a mi alrededor estaba completamente limpio y ordenado. Supuse que se trataba de una chica. Los hombres que había conocido no eran muy ordenados que digamos.


La tormenta parecía no tener fin. Los relámpagos iluminaban las ventanas de vez en cuando recordándome que no estaba en casa, sino en una cabaña que pertenecía a un desconocido.


Llevaba ya unos minutos frente al fuego cuando un ruido me paralizó. Alguien se acercaba. Por un momento me vino a la mente la idea de que fuera Armando, pero recordé su odio desmedido a la naturaleza y descarté esa posibilidad. Él no se iba a atrever a seguirme por el bosque. Seguro en ese momento se encontraba en una habitación con la calefacción prendida mientras se bebía una copa de vino. 


Con el corazón en la boca me incorporé a toda prisa y corrí hacia la habitación evitando hacer ruido. Sin pensarlo dos veces me metí bajo la cama. Era el único escondite posible.


Tras unos segundos de silencio escuché unos pasos. Fuera quien fuera acababa de cerrar la puerta del frente. Se hizo una pausa y luego retomó el camino. Un momento después entró a la habitación. No era una mujer. Se trataba de un hombre. Estaba descalzo y caminaba con lentitud. 


Me tapé la boca. Hasta ese momento creía que estaba asustada. Pero no fue hasta que puso una escopeta recostada de la pared, que en verdad me asusté. Estaba tan aterrada que temí que pudiera escuchar los latidos de mi magullado corazón.


Aguanté la respiración cuando dió un par de pasos hacia mí. Se detuvo frente a la cama y sentí que me iba a desmayar. Pensé que me había descubierto y que me iba a pedir que saliera. En lugar de eso vi como su pantalón caía al suelo. 

Aquel hombre se acababa de desnudar a solo unos centímetros de mí. Agradecí al cielo que solo alcanzaba a ver sus piernas. 

—Puedes salir —dijo de pronto con su voz masculina—. Sé que estás ahí y que eres una mujer. 

Abrí los ojos de golpe. Me había descubierto.

Con el corazón en la boca salí y me incorporé. Para mi alivio ya estaba vestido con un suéter marrón oscuro y unos pantalones de algodón negro. Me quedé sin aliento al verlo. Era un hombre muy atractivo. Tenía los ojos más azules que había visto jamás y un espeso cabello negro que le caía en mechones irregulares.

—¿No dirás nada? —insistió.

—¿Disculpa? 

—¿Solo eso? Invades mi cabaña, dejas el suelo hecho un asco y eso es lo único que dirás. Si esto fue un intento de robo debo decirte que no eres buena. 

No me podía creer que aquel idiota con cara de modelo me estuviera llamando ladrona. 

—No soy una ladrona. Estaba lloviendo, tenía frío y estaba cansada. Este fue el único lugar que vi, y como estaba abierto...

—No estaba abierto —dijo él interrumpiéndome—. La puerta estaba cerrada.

—Lo que quise decir es que no tenía seguro puesto.

—Eso no significaba que podías entrar.

Suspiré intentando llenarme de paciencia, pero no lo logré. Había tenido suficiente por un día. Ya me daba cuenta de que la suerte mía con los hombres no era buena. Salía de un patán para encontrarme con otro peor. Era evidente que aquel hombre lo que tenía de atractivo lo tenía de egocéntrico y egoísta.

—¿Sabes qué? Me largo. Estoy cansada.  Lo único que quiero es llegar al resort y pasar la noche en mi habitación. Cuando vine a este lugar fue a relajarme no a molestarme con un ermitaño malhumorado.

—¿Dices que vienes del resort? Con esa ropa pareces una empleada, no una huésped.

Me miró de arriba hacia abajo, pero en lugar de verme con desdén su mirada fue de deseo. Lo supe porque sus ojos se detuvieron más de lo necesario en mi escote. Me miré y me di cuenta de que con la lluvia mi blusa blanca era prácticamente transparente.

—¿Por qué me miras así? 

—¿Así cómo? —enarcó una ceja sin un ápice de vergüenza. 

—¡Me voy! no pienso aguantar más tus insinuaciones.

Pasé por el salón y abrí la puerta. Una ráfaga de viento me detuvo. Miré por encima del hombro pero aquel idiota no me seguía. Al parecer no le importaba que me fuera. Resignada, saqué mi celular con la esperanza de que tuviera señal, pero fue en vano. Fue de esa forma que salí por completo y en el acto la lluvia me empapó. Para mi mala fortuna estaba más fría que antes. 

Un segundo después, la lluvia se detuvo. Miré al cielo intrigada y vi un paraguas negro que me estaba protegiendo de la lluvia. Al darme la vuelta me encontré a aquel desconocido. Estaba a escasos centímetros de mí sosteniendo el paraguas.

—No seas estúpida —me dijo con tono acusador—, entra o te vas a resfriar. Una mujer no debería andar sola a estas horas.

—No seas machista. Puedo cuidarme sola.

—¿Siempre eres así de obstinada? 

En realidad él tenía razón. Desde pequeña siempre fui así. Solo había que ver todos los tratamientos que me realicé porque quería ser madre. No era de las personas que se rinden fácilmente.

—¿Me puedes prestar el paraguas al menos? —le pregunté esperanzada—. Si me indicas por dónde tengo que ir podría llegar al resort…

—No.

—Ya. Estoy clara de ello. Todo lo que hay aquí es tuyo, pero me lo puedes prestar.

—No. 

Puse los ojos en blanco. Con él era imposible llevar la fiesta en paz.

Me di la vuelta para continuar con mi camino pero me detuvo  sosteniendo mi muñeca. A mi mente llegó la imagen de Armando sosteniéndome con fuerza y me asusté. No podía ser posible que me estuviera sucediendo lo mismo.

—¡Que me sueltes te he dicho! —le grité asustada.

Por fin me soltó, cerró el paraguas y me lo dió. Los dos estábamos empapados ahora. No pude pasar por alto la forma en que su cabello oscuro se agitó con el viento y la lluvia. 

—Pudiste haberlo dejado abierto… 

No terminé la frase. Me levantó en peso y me subió encima de su hombro como si fuera un saco de patatas.

—¡Qué haces!

—Salvarte de un resfriado.

—¡Suéltame o pienso gritar! —no me hizo caso y comenzó a caminar hacia la casa  mientras yo le daba en la espalda con el paraguas. Viéndolo desde otra perspectiva seguro que la imagen era divertida.

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