Aquel fin de semana estuvo marcado por el exceso y la complicidad de dos cuerpos que parecían haber encontrado su refugio. La habitación estaba impregnada del aroma de sus pieles llenas de intensidad y deseo, en la que el tiempo parecía detenerse y donde sólo eran ellos dos y nadie más.
Sólo se levantaban de la cama para ducharse o para probar algún bocado, más para descansar un poco que por sentir hambre en realidad. Mientras se duchaban para limpiar los restos de fluidos y el agua caliente