102. Declaración
Roberto Abad Rocamonte
El motor del auto rugía bajo mis manos, pero dentro de mí solo había silencio. Uno pesado, denso… Arturo iba a mi lado, con la mirada fija al frente, sin decir palabra.
El dolor seguía ahí, anclado al pecho, como si me hubieran metido una navaja y la hubieran dejado clavada. Clara… Maldita sea.
Siempre le creí.
Siempre pensé que era distinta, que su manera de mirarme tenía algo real, algo que iba más allá del pasado con Arturo. Pero no. Solo fui parte de su venganza. Una