La mañana del sábado se filtró por las cortinas de encaje de la habitación de Laura, tejiendo hilos dorados sobre su edredón de flores. El aroma a café recién colado ascendía desde la cocina, mezclándose con el eco lejano de un camión de reparto. Laura, con su camisón de lunares desabrochado y el cabello enmarañado, saltó de la cama como un resorte. Sus pies descalzos golpearon el suelo de madera con un cloc-cloc rítmico mientras murmuraba con voz chillona. —¡Hoy no hay trabajo, hoy no hay trab