El salón estaba sumido en una penumbra dorada por la tenue lámpara de pie, cuyas sombras danzaban sobre los rostros de Sabrina y Edwards. El sillón de cuero despedía un aroma a bergamota y tabaco, mezcla que solía calmar a Sabrina, pero ahora le resultaba asfixiante. Junto a Edwards, cuyo cuerpo ocupaba el espacio con la autoridad de un depredador, cada fibra de su ser temblaba. Las yemas de sus dedos acariciaban el borde desgastado del sofá, buscando anclarse a algo real mientras su estómago s