El primer año juntos fue el más difícil y el más hermoso que Isabella y Alexander habían vivido.
Aprendieron a pelear sin destruirse. Aprendieron a amarse sin miedo. Aprendieron que el fuego Blackwood no solo quemaba, también iluminaba.
Una mañana de verano, mientras el sol entraba a raudales por los cristales del invernadero, Isabella sintió un mareo repentino. Se apoyó en el banco y respiró profundo. Alexander, que estaba podando uno de los rosales, se acercó preocupado.
—¿Estás bien?
Isabell