Capìtulo 3

### Capítulo 3

**Punto de vista de Ferdinand**

El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la sala de mi casa, pero no lograba calentar el vacío que se había instalado en mí durante años. Me acomodé en el sillón de cuero, un vaso de whisky en la mano, y dejé que mis ojos recorrieran el periódico extendido sobre la mesa baja. Mi nombre brillaba en primera plana, en letras doradas: el hombre más rico. Y justo debajo, como otro trofeo macabro, el hombre más guapo. Una sonrisa cruel se dibujó en mis labios. Patético, pensé, mirando a todas esas mujeres que me adoraban como moscas alrededor de la luz. No entendían nada. No sabían lo que había vivido, lo que había perdido.

El número de corazones que había destrozado me parecía infinito. Pero eso no era todo. Mi objetivo estaba claro: hacer sentir a cada mujer que lo mereciera el dolor y la traición que yo había soportado en mi pasado. Cerré los ojos por un instante y dejé que mi mente divagara.

Los recuerdos me golpearon con la violencia de un huracán. La imagen de mi hijo volvió a mí, tan viva, tan dolorosa. Mi hijo… mi pequeño, inocente y perfecto. Y luego, el flash negro.

Me vi a mí mismo, joven e ingenuo, enamorándome de Elise. Ella era todo lo que creía querer. Su dulzura, su risa, su mirada que parecía leerme como nadie jamás había podido. La amaba con un amor puro y total. Le pedí su mano. Cuando quedó embarazada, quería que diera a luz antes de celebrar la boda. Todo debía ser perfecto. Todo debía ser feliz. El día que nació mi hijo, me sentí el hombre más feliz del mundo. Los preparativos de la boda habían comenzado, la casa llena de risas y proyectos. Cada instante respiraba felicidad.

Pero esa felicidad era una ilusión.

Una noche, con los brazos cargados de regalos para Elise y nuestro hijo, me dirigí a la habitación del niño. Y allí, todo se derrumbó. La escena que se presentó ante mí me persiguió para siempre. Elise, mi prometida, estaba inclinada sobre la cuna, su rostro deformado por el odio. Estaba ahogando a nuestro hijo, mi hijo de unas pocas semanas, en el agua del baño. Grité su nombre, paralizado por la incomprensión y el horror. Ella me miró con odio, escupiéndome en la cara que nunca me había amado, que amaba a otro, que se había quedado conmigo por mi dinero y que no quería a ese niño.

Me precipité, arrancando a mi hijo del agua, pero ya era demasiado tarde. Mi corazón se rompió en mil pedazos. El alma inocente de aquel bebé apenas había pasado unas semanas en la tierra, pero había ocupado todo mi amor. Lo abrazaba, llorando como un niño, incapaz de creer que había fallado. Mi mundo se derrumbaba a mi alrededor.

La rabia me invadió, un odio que nunca había conocido. Me lancé sobre Elise, golpeando con una violencia que no reconocía. Las cámaras de la casa habían grabado todo: cada grito, cada intercambio, cada gesto. Estaba a punto de empujarla por las escaleras cuando la policía intervino. El juicio fue rápido. Elise fue condenada a la pena máxima, pero no importaba. Mi hijo nunca volvería. La justicia no tenía el poder de reparar lo irreparable.

Pasé horas contemplando la cuna vacía, incapaz de levantarme. Cada respiro me recordaba la pérdida, cada silencio golpeaba mi alma como un martillo. Desde ese día, hice un juramento silencioso: nunca, nunca más permitiría que una mujer rompiera mi corazón.

De regreso al presente, levanté mi vaso de whisky y lo llevé a mis labios. El líquido ardiente me hizo estremecer, pero no calmaba ese dolor que nunca se atenuaría. Mis ojos se posaron de nuevo en el periódico. Riqueza, belleza, poder… todo parecía insignificante frente a ese vacío. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, furtiva, escondida tras mi sonrisa cruel. La dejé caer, consciente de que simbolizaba el sufrimiento intenso que había acumulado a lo largo de los años.

Nunca volvería a abrir mi corazón a una mujer. Nunca permitiría que alguien me manipulara o destruyera. El mundo debía aprender a temerme, y yo debía convertirme en un arma, un depredador, un playboy sin corazón. Me lo prometí una vez más, en silencio, mirando mi reflejo en el cristal.

—Nunca más… —susurré, con una convicción inquebrantable.

Me levanté, dando unos pasos por mi amplio salón. Los recuerdos de Elise, de mi hijo, de lo que habíamos perdido, me acosaban en cada rincón. Incluso mi imperio, mi fortuna, mi poder, todo parecía vacío comparado con lo que había perdido. Pero había que avanzar. Había que transformar ese dolor en fuerza, esa rabia en armas.

Recordé a todas las mujeres que se habían acercado a mí desde entonces. Eran bellas, atractivas, pero ninguna podía llenar ese vacío. Y nunca lo permitiría. Caerían a mis pies, sí… pero solo para conocer el dolor que yo mismo había sentido. Cada ruptura, cada traición infligida era una advertencia para aquellas que creían poder tocar mi corazón.

—Patéticas… —susurré, viendo una notificación en mi teléfono. Otro mensaje de una mujer… pidiendo volver a verme. Todas eran iguales, todas ingenuas, todas convencidas de que podría cambiar. Pero nunca cambiaría.

Dejé mi vaso, con el peso del mundo sobre mis hombros. Mi mirada se deslizó hacia la ciudad iluminada por la noche. Los rascacielos brillaban como piedras preciosas en la oscuridad, pero nada podía rivalizar con la oscuridad que reinaba en mi corazón. Una parte de mí, enterrada, aún sufría, pero siempre la rechazaría.

Luego, me permití una última mirada hacia el álbum de fotos sobre la mesa baja. Las imágenes de mi hijo, su sonrisa inocente, sus ojos brillantes, sus manitas diminutas… me cortaron la respiración. El dolor resurgió, brutal, punzante. Cerré los ojos, intentando canalizar esa rabia, transformarla en fuerza. Mi objetivo estaba claro: nadie, jamás, se acercaría a mí para romperme.

El playboy sin corazón había nacido de estas llamas. Y permanecería así, eterno, invencible, cruel y seductor, una leyenda de dolor y poder.

Tomé un último sorbo de whisky, mi mirada dura y helada sobre la ciudad que parecía inconsciente de los dramas que allí se desarrollaban. Las promesas de venganza, los estallidos de odio, los recuerdos de amor perdido… todo eso ya formaba parte de mí. Mi corazón ya no era un refugio, sino una fortaleza. Mi mundo ya no estaba hecho para la felicidad, sino para el control.

Y en aquella noche oscura, me juré una vez más que nunca, nunca abriría mi corazón a otra mujer. Mi hijo, mi amor perdido, mi imperio… todo eso seguiría siendo mi única verdad

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