Esto no podía ser verdad, su mente tenía que estarle jugando una mala pasada.
«¿Hazel y Alexander se estaban besando?», se preguntó el hombre abriendo más sus ojos en una muestra de asombro e incredulidad.
Lamentablemente, la incredulidad no le duró mucho cuando la realidad le cayó de golpe. ¡Sus dos hijos se estaban besando!
—¡¿Alexander, pero qué demonios?!
El muchacho se separó de Hazel de un salto, mientras veía a su padre con aquellos ojos grises transformados en rojos.
—Padre…—no supo