Están muertos

—¿Quién vino por él? Yo no envié a nadie— pregunté con mi corazón encogido.

—Eran unos eunucos del palacio, pensé que ustedes los habían enviado, ¿Por qué querrían a Maximiliano?— expresó mi padre bastante preocupado.

—Esos hombres están muertos— sentencié apretando mi puño mientras me dirigía a la salida.

—Emma, ir&eacu

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