La mañana siguiente amaneció tan fría como el ánimo de Bianca. Había dormido a medias, entre sueños rotos y silencios que le pesaban en el pecho. Desde el sofá del apartamento de Carla, observó el techo por largos minutos, mientras sus dedos jugaban nerviosos con la manta. No dejaba de pensar en el mensaje que Luciano había enviado la noche anterior:
“Por favor, déjame hablar contigo. Solo una oportunidad.”
Y ahora, mientras el sol apenas terminaba de salir, otro mensaje vibró en la pantalla:
L