Bianca entró al apartamento de Carla apenas el ascensor se cerró tras ella. Caminó con pasos lentos, como si cada movimiento pesara más que el anterior. El día había sido largo, agotador, cargado de emociones que no sabía cómo manejar. La puerta del apartamento se abrió antes de que ella tocara; Carla ya estaba esperando.
—Ay, Bianca, por fin —exclamó Carla, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Tenías un semblante horrible cuando me llamaste. ¿Qué pasó?
Bianca no respondió de inmediato. Se dejó caer sobre el sofá, sin siquiera quitarse los zapatos, y se cubrió el rostro con ambas manos. Carla cerró la puerta, se acercó y se sentó a su lado.
—¿Quieres agua? ¿Un té? ¿Un abrazo? —preguntó con humor suave, tratando de aliviarle el cuerpo a su amiga.
Bianca soltó un suspiro largo, tembloroso.
—Carla… —susurró—. Hoy fue demasiado.
Carla ladeó la cabeza.
—¿Qué ocurrió? ¿La reunión? ¿Patricia? ¿Francisca? ¿Luciano? ¿Todo junto?
Bianca la miró, y en sus ojos había un cansancio profundo, u